Campañas Mediáticas

José Miguel Santibañez Allendes

José Miguel Santibáñez, Profesor Ingeniería Informática Multimedia, Editor de www.Abe.cl

O ¿realmente influyen Twitter y Facebook en la opinión pública. ¿Qué pueden tener en común los movimientos de los anti vacunas, los no más AFP, los nacionalistas europeos o la campaña de Trump (y varias de las que se inician ahora en nuestro país). Aunque a primera vista son llevadas por personajes claramente diferentes, con agendas e intereses contrapuestos, un análisis un poco más detallado, muestra que todos están usando una estrategia similar: busca algo que provoque miedo en una parte de la población (sea autismo en recién nacidos, una jubilación sin júbilo, o el temor de que “les quiten el trabajo”), que tenga algún posibilidad real (niños autistas o al menos con síndrome de Asperger, jubilados que sufren el día a día para sobrevivir, o desempleados que recuerdan que alguna vez “ganaron dinero”) y alguna organización que pueda estar involucrada en una oscura e incomprensible conspiración (farmacéuticas, AFPs, organizaciones pro-inmigrantes), que además tengan una pobre explicación para sus falencias, incluyendo culpar a la gente (“si el bebé es sensible, debieran haberlo identificado previamente” o “debe ser otra cosa, quizá genético”; “la gente fue poco productiva en su vida laboral” o “la economía está mal por culpa del gobierno que eligieron”; “lo que pasa es que los inmigrantes se conforman con poco y hacen pegas que los chilenos no quieren”) y aparece el caldo de cultivo para una “Campaña Mediática”.

Al final, alguien se va a dar cuenta de ese temor, y ese alguien, inspirado por su altruismo (según Bueno De Mezquita, en realidad, por alcanzar el poder y por supuesto el tesoro nacional) va a empezar a meter la cuña en la herida. La gracia está en dos aspectos fundamentales: Lo primero es que la “verdad” es descartable, más que ser cierto, basta que a las víctimas de la conspiración les parezca cierto; lo segundo es que quienes se van a transformar en el soporte vital de la campaña, deben sentir que “pueden ganar algo” (si las farmacéuticas reconocieran alguna relación entre el timerosal y el autismo, los padres podrían demandarlas; si las AFPs reconocen un mal trabajo, los jubilados –eventualmente- podrían pedir que las grandes utilidades que percibieron las AFPs se les distribuyan en sus pensiones; si se van los inmigrantes los nacionales podrían recuperar sus antiguos y “bien pagados” trabajos), Mejor aún, si hay algún rostro mediático (alguien que hable bonito y de corrido) que desde alguna tribuna (televisión, o al menos una linda página en Internet) que tenga (o se atribuya) méritos académicos (por ejemplo “de Harvard”) recibe atención para rellenar largos matinales o páginas y páginas de internet (en las cuales, por supuesto, entre otros, se cita a si mismo).

Y ya sentada la base, viene la segunda ola: las redes sociales harán lo suyo. Cualquiera que se sienta víctima, podrá despotricar contra esas organizaciones, y aparecerán quienes le apoyen. Para mejor resultado de los que iniciaron la campaña, también aparecen quienes están en contra de la campaña, y generalmente con malos argumentos (“es falso”; “el tipo miente descaradamente”; “si los de acá son flojos”) ya que las redes sociales no son un espacio apropiado para la buena argumentación, terminan siendo mayor caldo de cultivo para la “indignación republicana”…

No voy a sumarme al linchamiento popular, ni a defender a ninguna de esas instancias (hay al menos una con la que estoy parcialmente de acuerdo). No creo en casi ninguno de los argumentos de lado y lado. Sobre todo, porque al final, la discusión no va al fondo de cada asunto (como prevenir enfermedades, como dar una buena jubilación real, como dar oportunidades a todos en todo el mundo) sino que se un análisis bastante simple los reduce a “mis seguidores son más que los tuyos” o “yo si tengo la verdad y tu mientes descaradamente”.

No es culpa de las redes sociales, desde siempre ha existido el rumor, pero gracias a la globalización hoy se rumorea a gritos. Y siempre han existido los que creen a pies juntillas el rumor y lo difunden (“a mí me contaron, de buena fuente, que…”)

Encontrada la falla (no, esto no es una teoría de conspiración respecto de Facebook o Twitter) hay que plantear ideas, siendo la primera, que hay que tomarse en serio las clases de educación cívica y, sobre todo, argumentación formal. Potenciar la sana crítica respecto de lo que se escucha. El triple filtro de Sócrates (Verdad, Bondad, Utilidad) es un punto de partida. Un análisis más detallado, aunque deseable, un poco más difícil. Con todo, y pensando en la educación cívica, no estaría de más que en los colegios se leyera “El Manual del Dictador” de Bruce Bueno de Mezquita et al. No ayudará a romper los rumores (privados o de Internet) pero si a entender sus causas, y quizá el cómo contra argumentarlos de manera efectiva.

Los comentarios están cerrados.

Comentarios recientes